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INFO

  • FECHA: 19-04-2021
  • LUGAR: Roma

PAÍS DE ORIGEN

Argentina

Argentina

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Roma con ojos de romana

Giselle en Buenos Aires, Argentina

2013. Yo venía de pasar una semana con mi familia en Limbadi, el pueblo del que somos originarios en Calabria. Mis primos se volvían a su casa en Novara y coordinamos para que me dejen en un punto de la ruta donde me recogería mi amiga. Pasamos coordenadas, tardamos un rato en ubicarla, bajé rápido mis cosas, cargamos el auto, todo como si hiciera 3 minutos que no nos veíamos, aunque habían pasado muchos meses. ¡Saludame! Le dije, y recién ahí nos dimos un abrazo.

2016. Hacía ya casi un día había salido de Argentina, había hecho escala en Madrid, llegando a Milano Linate. Había viajado en bus hasta la estación Milano Centrale, esperado unas 4 horas, y viajado unas 3 horas más hasta Termini. Salí de los andenes por la parte donde se suponía debía hacerlo y no la encontré. No tenía teléfono para ubicarla, busqué un wifi por todos lados, pero nada. Entonces decidí esperar quietita a que ella me encontrará. Cuando me vio me hizo gestos con toda la italianeidad que puedas encontrar y me retó como a una niña “¿Dónde estabas? ¿por qué puerta saliste? ¡Yo te había dicho que te esperaba en tal lado! ¡Te estoy buscando hace media hora!”. Nunca enojada, nunca levantando la voz, pero si mostrando su preocupación. Entonces le dije: Hola ¿no?, salúdame! Y ahí nos abrazamos y nos reímos como de costumbre.

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Las llegadas

Así empezaron nuestros dos encuentros en Roma, su ciudad, la que elegí para escribir sobre ella por todo lo que representa. Encuentros que se fueron dando durante la última década desde que la conocí en Buenos Aires mientras trabajaba en una ONG de un barrio de emergencia. Pasando por viajar juntas a Mendoza. Que nuestras familias se conozcan. Que venga a pasar una navidad extra calurosa del hemisferio sur. Vivir el pueblito toscano de su familia, recorrer Cinque Terre en agosto, nuestro épico road trip en Córcega durmiendo en carpa en donde nos diera la noche, nuestra reunión en 2019 en Barcelona y nuestro trunco reencuentro en 2020 para mi boda que el covid retrasó.

Mi primera impresión de la ciudad eterna, fue en su pueblo, Monte Porzio Catone cuando al estacionar el coche me mostró la provincia de Roma desde las alturas. Fuimos a su casa y todo lo que para ella es cotidianeidad, para mí era de un museo de historia. Viñedos, columnas romanas, piezas arqueológicas, todo estaba en el lugar cuando sus abuelos compraron la casa y ella se crio entre esas joyas. Al atardecer me llevó a Nemi, un pueblo emplazado frente a un lago de origen volcánico que parece salido de un cuento. Como era temporada comimos tarta y espumante de fresas salvajes.

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Roma y sus bellezas

Al día siguiente salimos temprano en tren y sin que yo me diera cuenta hicimos combinaciones para salir de la estación y toparme de frente y sin previo aviso con el Coliseo. Todavía recuerdo la sensación de esa sorpresa y de decirle “pero es el Coliseo!!!” y su cara de “si, es super normal hace miles de años que está ahí”. Lo mismo hizo con la Fontana di Trevi, yo le iba preguntando donde estaba y ella no decía nada hasta que en una callecita sentí el ruido del agua y el murmullo de cientos de turistas y supe que al dar vuelta la esquina estaría ahí. Pasamos por el Panteón, uno de sus lugares favoritos.

Era agosto en Roma y el calor se hacía sentir. Yo quería mi dosis de gelato y ella no me dejó tomar ninguno hasta que llegáramos a la heladería que tenía el mejor helado de la ciudad. Yo ya me estaba impacientando pero que suerte le hice caso. El mejor helado de mi vida siempre será el de Giolitti.

Es un camino de ida, de tal magnitud que, en mi viaje de 2016, después de que viajáramos juntas por Córcega, me guardé un día para pasarlo en Roma solo para tener una probadita más de cielo.

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Amor a primera vista

Visitamos Trastevere al atardecer y fue amor a primera vista. Caminamos mucho, pero mucho mucho hasta recompensarnos con un Spritz. Los días siguientes fueron maratones de 12 horas perdiéndonos por las calles. Visitando el Coliseo en el primer turno para tenerlo casi para nosotras solas. Refugiándonos de una tormenta dentro del coche. Visitando una muestra sobre inmigración italiana a América en el Altare della Patria. Viendo “Sueño de una noche de verano” en el teatro de Shakespeare de Villa Borghese. Para terminar casi siempre después de medianoche con los pies doloridos y los ojos llenos de belleza.

De Roma amo sus colores, sus plazas, sus torres egipcias entre calles medievales mezcladas con restos del imperio. Los templos paganos emplazados a pasos de la capital del catolicismo. La vida del otro lado del Tevere, sus aperitivos, sus fuentes, sus barrios. Amo que su historia sea inabarcable, imposible de saberla toda. Amo haberla conocido de mano de mi gran amiga, mi hermana menor.

Es tanto mi amor que en 2018 tuve la oportunidad de volver con mi novio y se lo contagié. Y ahora que somos padres, decidimos que nuestra hija tendrá nombre de imperio, porque es un nombre corto pero fuerte. Porque la conocí por primera vez con una mujer a la que ojalá, se parezca un poquito (o mucho). Porque con las mismas letras en español, se escribe Amor.

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